“Él empezó a correr desde la escuelita. Cada día iba corriendo hasta Viacha, terminaba de estudiar y nuevamente volvía corriendo. Llevaba un guiadorcito, que era una ruedita con su alambre. Nos contaba que sin saber se estaba preparando para ser atleta. Sus padres le daban mucha quinua y nos decía que ése es el mejor alimento de Bolivia, porque le daba fuerzas”, recordó ayer Justo Rubiño, uno de sus cuatro hijos.
En 1975 ganó su primera prueba. Fue en El Alto, la ciudad que quiso más, donde se animó a participar en una carrera de antorchas. Al cruzar la meta en primer lugar no lo podía creer. A partir de ahí comenzó a dedicarse a las pruebas de fondo y semifondo, cada vez con mejores resultados. A sus 30 años —dos después de haberse iniciado en el amateurismo— integró
Los trofeos y medallas que ganó en sus más de 30 años dedicados al atletismo abarrotan su vivienda en Achica Arriba (provincia Ingavi), donde vivió toda su vida y donde su cuerpo será sepultado hoy.
Paseó por todas las ciudades del país. Fue la estrella en innumerables pruebas y campeonatos nacionales. Campeón nacional varias veces en las de fondo. En
Cuando le tocó decir adiós a la máxima categoría, la de mayores, en vez de marcharse a sus cuarteles, siguió en escena, esta vez en masters. El atletismo se había convertido en su pasión. Parecía que para él los años no pasaban en vano, y fue cuando más hizo brillar su nombre y el de Bolivia a escala internacional. El mundo lo conoció por sus participaciones en cuanta prueba se presentaba y por sus victorias. Hasta no hace mucho fue triple campeón sudamericano de su categoría y poseedor de un récord del continente.
Cada que volvía del exterior lo hacía con una medalla colgada en su pecho. Era un premio a su sacrificada preparación, que a diario la iniciaba cuando todos en su pueblo todavía dormían.
En Finlandia, sin embargo, no pudo. Intervino en cuatro pruebas, obtuvo un sexto lugar y un octavo. Ahí empezó su drama. Según los informes de los médicos que lo atendieron, Rufino Chávez empezó a sentir malestares en la espalda mientras participaba en el último Mundial. A pesar de los dolores siguió compitiendo, les restó importancia. Cuando llegó a
Presumiblemente, el esfuerzo que realizó mientras competía en Finlandia rompió una arteria pulmonar. El miércoles fue ingresado en el quirófano del Hospital Obrero para ser sometido a una delicada operación que duró cinco horas. Ayer, a las dos de la madrugada, su corazón dejó de latir.
Trabajó por el deporte alteño como ningún otro. No hubo autoridad de esa ciudad que no lo conociera y lo admirara por su perseverancia. Gracias a sus gestiones, diez entrenadores ganan un sueldo en El Alto y se ocupan de formar a niños y jóvenes de esa urbe. También fue presidente de
Su diminuto cuerpo ahora descansa en paz. En el recuerdo de los que lo conocieron quedará grabada por siempre su figura humilde, ajena a la de un hombre de retos que no retrocedía ante nada.
Ayer, en medio del dolor de sus familiares, a alguien se le ocurrió contar la mayor anécdota de la vida de Rufino. Fue capaz de enseñarle a correr a su inseparable amigo, un perrito de nombre Vikela, que lo acompañó en una maratón, y que también lo hacía cada mañana que salía a entrenarse.
La carretera a Oruro, la subida a Chacaltaya, la bajada a Achocalla, sus lugares preferidos para prepararse, ya no serán los mismos sin él. Brasil lo recordará por haber corrido una prueba de San Silvestre durante
Un boliviano
Nació en el Día de
Ayer, después de 32 años dedicados al atletismo, dejó de existir.
La frase
Es una lamentable pérdida para el atletismo en general y para El Alto en particular. Fue un gran atleta todos los días de su vida y también un gran entrenador, además de un gran dirigente”. (La Prensa)
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